Una especie de pérdida constante del nivel normal de la realidad.


El Pesa-nervios, Antonin Artaud


domingo, 19 de julio de 2009

EN MANOS DEL SONIDO

Las manoplas del sonido son como las babas del diablo, aunque parezcan inofensivas sus mordeduras son mortales, sobre todo si el herido es enigmático y surrealista, y su boca está abierta como si quisiera que le sacaran el pulmón derecho por la boca -así lo hacen los sacerdotes aztecas en las ceremonias oficiales dedicadas al culto pagano y místico dedicado al sol, o a cualquier otra divinidad de las que pueblan el mundo.

Con su cara de sonido poco molesto, sin saber muy bien por qué tararea una canción y no otra, recorre las estaciones en que no hay trenes útiles para desguazar cristales malolientes mientras la melodía de una opereta vienesa de principios del siglo pasado invita a bailar el vals que nace en la cítara.

Los diamantes pulidos imponen su dureza impecable, y dejan que los contemplemos con ojos de gato encaramado a la copa de un árbol. Sin más, el gato se lanza a nuestro cuello, y sus garras arrastran la piel y las venas hacia abajo, para que entendamos por fin la tierra, el suelo firme del que intentamos huir constantemente.

También nos muerde, porque sabe nuestros crímenes más horribles, y no los puede devolver sino con sus dientes despiertos.

Por eso, yo hago de mi vida un collar de diamantes de dureza falsa, y recojo los gatos de los árboles, y me arrastro por las estaciones del tren, y sueño encima de los cristales las babas del caracol que avanza por el sonido, y me pongo las manoplas para no sentir calor en los bailes de principios de siglo, y me hiero, y sangro.